6457 palabras
32 minutos
El nuevo hogar de la sirena

El cielo estaba iluminado y despejado, el sol asomaba entre unas pocas nubes. La luz del mediodía entraba por las ventanas de las casas en el pequeño pueblito pesquero. El viento soplaba suavemente y los pocos sonidos del lugar comenzaban a surgir en las calles, pues el pueblo tenía pocos habitantes y los caminos se veían vacíos la mayor parte del tiempo.

Pero entre el silencio, una chispa de energía destacaba cada tarde.

Suletta Mercury salía de casa a toda prisa, lista para recorrer la playa en busca de algunos tesoros. Era un hobby que disfrutaba cada día, pues no solo encontraba cosas interesantes, también podía limpiar un poco el lugar y disfrutar de la hermosa vista del mar.

¡B-Buenas tardes! — gritaba con entusiasmo a los habitantes que se encontraba en el camino, mientras se dirigía corriendo hacia la playa.

Suletta tiene mucha energía — le decía una mujer mayor a otra con una sonrisa.

Es bueno ver a alguien de su edad por aquí — respondía la otra.

La verdad era que no habían muchos jóvenes en el pueblo, pues la mayoría prefería ir a vivir a la ciudad en lugar de quedarse en un lugar tan aburrido. Preferían conocer lugares nuevos y gente nueva. Pero para Suletta, descubrir las maravillas del lugar donde vivía le parecían más importantes. Además, no era alguien muy hábil cuando se trataba de socializar con gente de su edad.

Al llegar a la playa comenzaba a preparar sus herramientas. Llevaba consigo una bolsa bastante amplia para guardar los tesoros, una pequeña brocha para limpiar la arena de los objetos, una red para alcanzar las cosas que pudiera en el agua y mucha resistencia para caminar y buscar por horas.

Una tarde se encontraba cerca de unas rocas grandes, estaba en cuclillas sobre la arena mientras limpiaba con cuidado y paciencia un pequeño objeto que parecía un colgante con forma de una pequeña llave.

Parece que hoy no he tenido tanta suerte… — comentó haciendo un pequeño puchero y dirigió la mirada hacia su bolsa, la cual se encontraba vacía comparada con otros días.

Las horas pasaron y el cielo comenzó a pintarse de tonos naranjas y luego morados. Estaba oscureciendo, así que decidió que era momento de irse. Cuando se preparaba para regresar a casa, un sonido llamó su atención. Un pequeño quejido se escuchó entre las rocas donde había estado momentos antes.

Debido a la hora ya no había mucha luz y no podía ver claramente. Sus manos comenzaron a temblar. ¿Será algún animal herido? Se preguntó. Reunió mucho valor para acercarse a las rocas y lentamente asomó la cabeza para ver qué había sido ese sonido

¿Q-Qué es…? — susurró aterrada. Sus ojos se abrieron como platos al presenciar lo que alcanzó a ver.

Una joven de cabello blanco como la espuma del mar, largo y fino como hilos, se encontraba desmayada boca arriba sobre la arena. Era delgada, de piel clara, y su rostro tenía rasgos finos. Pero lo que más le heló la sangre fue ver cómo su pecho apenas se elevaba con una respiración débil y entrecortada.

¡Oye! ¿E-Estás bien? — dijo Suletta con la voz quebrada por la preocupación. Sin darse cuenta, ya estaba corriendo rápidamente hacia la chica desconocida.

Lo que vio después la desconcertó aún más. Ahora que estaba más cerca de ella y la luna comenzaba a iluminar la playa, pudo presenciar que la chica, además de que parecía no llevar nada puesto de la cintura para arriba, tampoco tenía piernas. En lugar de eso, tenía una suave, larga, brillante y colorida cola de lo que parecía un pez.

Una sirena.

E-Esto es… — balbuceaba Suletta sin poder procesar lo que pasaba. Su corazón latía con tanta fuerza que podía escucharlo en sus oídos. — No puede… s-ser real…

La joven sirena volvió a soltar un quejido, más fuerte esta vez, y su ceño se frunció con dolor. Sus manos se cerraron débilmente sobre la arena, como si buscara algo a qué aferrarse.

Duele…— murmuró la sirena sin abrir los ojos, su voz apenas un hilo ronco.

Suletta sintió un nudo en la garganta. Estaba sufriendo. Tenía que hacer algo.

Se agachó deprisa, sentándose en la arena para examinarla más de cerca, y se dio cuenta de que uno de sus brazos estaba sangrando. La sangre teñía la arena blanca de un rojo oscuro. La sostuvo entre sus brazos levantándola un poco y desviando su mirada hacia la herida.

Parecía un corte, no era tan profundo pero sí algo extenso. La carne estaba abierta y alrededor la piel se veía irritada.

No te preocupes… — susurró Suletta, más para calmarse a sí misma que a la sirena — V-Voy a ayudarte, ¿sí? Solo… solo aguanta un poco más…

No había tiempo para pensar si lo que estaba pasando era real o no. Tenía que ayudarla.

Rasgó un pedazo de tela de su blusa y lo apretó alrededor del brazo herido para cubrir la herida y detener el sangrado. La sirena gimió de dolor y Suletta apretó los dientes.

L-Lo siento, lo siento mucho — dijo con ojos vidriosos — Ya casi termino…

Se olvidó de sus cosas y levantó a la chica con toda la fuerza que pudo. Era más liviana de lo que esperaba, pero su cola era pesada y difícil de manejar. La cargó hasta la salida de la playa y por un momento no supo a dónde dirigirse.

No puedo ir a la clínica. No puedo pedir ayuda a los vecinos. El pánico le apretó el pecho. ¿Qué harían cuando vieran que se trataba de una sirena? ¿La ayudarían? ¿Llamarían a alguien para llevarla a otro lugar o… encerrarla?

No dejaré que te hagan daño — susurró Suletta con una determinación que ni siquiera sabía que tenía — Te lo prometo.

Al final decidió llevarla hasta su casa. Suletta vivía sola desde hacía un año, pues su madre tenía muchos negocios que manejar en la ciudad. Así que no tendría problemas si llevaba una sirena a casa.

Al llegar abrió rápidamente la puerta y entró con dificultad. La cola de la sirena se atoraba en el marco y una vez dentro chocaba con los muebles, tirando varias cosas al piso.

Rápido… rápido — murmuraba Suletta, mientras dejaba a la sirena en la tina del baño. El frío del esmalte contra la cola hizo que la chica blanca soltara un gemido débil.

S-Sé que no es el mar — dijo Suletta con la voz entrecortada mientras abría el grifo del agua fría para comenzar a llenarla — Pero es… es seguro aquí. Nadie te hará daño.

Buscó el botiquín de primeros auxilios detrás del espejo del baño. Sus manos temblaban mientras retiraba la tela rota de la blusa, y temblaron más cuando empezó a curar la herida. Cada vez que la sirena se estremecía, Suletta contenía la respiración.

Ya casi… ya casi termino — repetía.

Cuando terminó de vendar el brazo, se sentó en el suelo apoyada contra la tina. La joven sirena seguía sin despertar, pero respiraba. Su pecho subía y bajaba lentamente, y Suletta se aferró a esa imagen como si fuera lo único real en el mundo.

Apoyó la cabeza contra el borde de la tina y dejó que el cansancio la venciera.

Al día siguiente, la luz de la mañana se filtraba por la pequeña ventana elevada en el baño. La pequeña habitación era cálida debido a la temperatura del lugar. Suletta se había quedado dormida, recargada contra la tina. Pero su sueño fue interrumpido por una suave voz.

¿Sigues con vida? Oye, despierta.

Suletta sintió unas palmadas en las mejillas y despertó de golpe, dando un salto y retrocediendo hacia la puerta. Su espalda chocó contra el marco, pero ni siquiera le dolió.

¿Qué rayos haces? — preguntó seriamente la joven sirena, con una expresión que Suletta no supo descifrar. Sus ojos grisaseos la miraban fijamente.

Suletta tardó un segundo más en responder. Sus ojos estaban clavados en la joven. Ahora que era de día y había mucha luz, podía verla claramente. Era muy bonita, pensó. Una parte de su cabello blanco caía sobre sus hombros desnudos, y sus labios tenían un tono rosa pálido. Estaba hipnotizada.

T-Tú… eras real — dijo Suletta, pensando que probablemente todo lo que había pasado por la noche había sido solo un sueño.

Pero pronto recordó la herida en su brazo y el hecho de que había estado inconsciente.

Q-Que alivio, creí que no despertarías — Suletta sintió cómo un peso enorme se le quitaba de encima, y sus ojos se humedecieron — ¿T-Te duele mucho? — preguntó con clara preocupación en su voz, acercándose un poco a la tina.

La joven miró su brazo, ahora vendado. Movió los dedos con cuidado y frunció el ceño ligeramente.

¿Tú me curaste?.

S-Sí…

¿Por qué?.

Suletta no supo qué responder. Ni ella misma sabía por qué lo había hecho. ¿Qué se supone que debería decir? Bajó su mirada hacia sus manos que se movían nerviosas, retorciendo el dobladillo de su falda

Y-Yo solo… sentí que debía hacerlo — su voz era apenas un susurro.

Porque no podía quedarme quieta viéndote sufrir.

Pero no dijo eso.

La respuesta parecía haber sido suficiente por ahora. Aunque la chica no parecía satisfecha con la respuesta. Sus ojos se entrecerraron ligeramente, como si estuviera tratando de leer algo en el rostro de Suletta.

¿Dónde estamos?.

Suletta volvió a levantar la mirada para contestar, pero aún sin poder mirar directamente a la joven a los ojos. Las mejillas se le encendieron.

E-Estamos en mi casa, en el baño… Te traje hasta aquí porque pensé que sería más seguro.

El silencio se llenó de agua cayendo del grifo.

Ya veo — dijo Miorine finalmente, con una mezcla de sorpresa y recelo en la voz — Me parece realmente extraño que me hayas ayudado, que me hayas traído hasta tu casa, y que me hayas curado. Otro humano no hubiera dudado en aprovecharse de mí. Espero que no estés pensando en hacerlo.

Suletta se puso de pie inmediatamente, tan rápido que la sangre le subió a la cabeza y por un segundo todo dio vueltas.

¡C-Claro que no! — respondió alzando la voz — ¡J-Jamás haría algo como eso!.

Sus manos temblaban, pero no de miedo. Era rabia. Rabia porque alguien pudiera pensar tan mal de ella, porque el mundo fuera tan cruel que una sirena herida desconfiara de la única persona que había intentado ayudarla.

Miorine levantó la mirada con los ojos muy abiertos, sorprendida por la repentina respuesta de la pelirroja. Notó su leve temblor en el cuerpo, sus puños cerrados, y sus ojos llenos de lágrimas que se negaban a caer. Por un momento, estuvo segura de que esta humana no sería capaz de lastimarla.

Está bien — dijo Miorine en un tono más suave — Te creo.

Suletta exhaló un suspiro tembloroso y se dejó caer de nuevo al suelo. El resto del día probablemente sería complicado.

La tarde transcurrió tranquila y silenciosa, pero el ambiente dentro seguía siendo incómodo. Suletta había desayunado y almorzado, mientras la joven sirena seguía en la tina de baño sin decir o hacer mucho. No parecía asustada, y tampoco se veía con la intención de querer regresar al mar.

Pero Suletta sentía el peso del silencio. Cada vez que pasaba por el baño, se detenía un segundo a escuchar. ¿Respiraba? ,¿Estaba bien? . El corazón se le encogía cada vez.

Al final, no pudo soportarlo más. Entró nuevamente al baño para asegurarse de que estuviera bien. Y al verla como siempre, sintió un gran alivio.

P-Por cierto, mi nombre es Suletta… S-Suletta Mercury — dijo de repente jugando con sus dedos.

Miorine — respondió la joven. Su mirada perdida en las gotas que caían del grifo.

Miorine — repitió Suletta probando el nombre. Sintió cómo sus labios se curvaban solos — T-Tienes un bonito nombre.

La chica no respondió, seguía absorta en sus propios pensamientos. Pero Suletta no quería que el ambiente siguiera sintiéndose incómodo. Quería conocer mejor a Miorine, quería saber lo que había pasado, y quería entender por qué actuaba así.

Tal vez si hablamos, deje de mirarme como si fuera un peligro. Pensó

¿P-Puedo preguntar cómo te lastimaste? — se atrevió a decir.

Miorine por fin dirigió su mirada hacia ella. Tenía una clara expresión de molestia, pero esta vez no era hacia Suletta.

Debes saber que los tuyos tiran muchas cosas al mar — dijo, y su voz sonó molesta — Mientras nadaba choqué contra un gran objeto de metal. Cosas oxidadas, plásticos, vidrios rotos… todo lo que no quieren, lo desechan en mi hogar.

Suletta se quedó callada. Abrió la boca para decir algo, pero las palabras se le atoraron en la garganta. No sabía qué decir, no podía justificar las acciones de los suyos. Tenia razón. Toda la razón.

Lo siento — susurró finalmente, con una lágrima asomándose — Sé que no soy yo quien debería pedir perdón… pero lo siento mucho, Miorine.

Miorine la miró largamente, y por un segundo sus ojos se suavizaron.

A tí… realmente te importa, ¿no? — preguntó.

Suletta asintió sin poder hablar. Al menos habían hablado un poco

Y así los días pasaron. Suletta comenzaba a preocuparse por el hecho de que Miorine no mostraba interés por regresar al mar. Parecía distante, deprimida, y apenas comía. Le había ofrecido diferentes comidas, pues no sabía cuál era su alimentación. Miorine probaba un bocado y luego dejaba el resto a un lado.

Está perdiendo peso, pensaba Suletta con el corazón apretado.

Un día lluvioso, el viento soplaba un poco más fuerte de lo normal, y las gotas de la lluvia resonaban en toda la casa como pequeños tambores. Suletta entró al baño para asegurarse de que Miorine siguiera bien, y la encontró como siempre, con la mirada hacia la pequeña ventana, observando cómo algunas gotas se deslizaban por el vidrio.

Su perfil era hermoso a contraluz. Pálido, casi transparente. Como si estuviera desapareciendo.

S-Solo vine a revisar cómo va tu herida — dijo Suletta, con la voz más pequeña de lo que quería — ¿P-Puedo verla?.

Miorine la miró por un segundo y volvió a desviar su mirada. Sin decir nada, levantó su brazo ligeramente, dándole permiso a Suletta para que lo revisara.

Suletta se acercó con cuidado y desenredó lentamente la venda del brazo. La herida parecía estar sanando y cerrando correctamente. La piel alrededor del corte no estaba inflamada ni rojiza. Por fin algo bien, pensó con alivio.

Pronto volvió a colocar una venda nueva para seguir cubriendo la herida. Pero mientras lo hacía, sus manos comenzaron a temblar y sus ojos se pusieron vidriosos. Las lágrimas amenazaban con salir.

No puedo. No puedo seguir viéndola así.

Un pequeño sollozo escapó de sus labios.

Miorine se giró para mirarla al escuchar el sonido, y sus ojos grises se encontraron con los azules de Suletta, que ya estaban rojos.

¿Por qué estás llorando? — preguntó Miorine, pero su voz no era cortante como otras veces. Sonaba incómoda, sí, pero también preocupada.

¿N-No quieres volver a casa? — respondió Suletta con la voz entrecortada. Las palabras se le atoraban — N-No has comido bien, apenas tocas la comida que te doy… debes estar incómoda en un lugar tan pequeño… y pasas horas mirando por la ventana, ¿y si te enfermas? ¿y si…

No pudo terminar de hablar. Las lágrimas comenzaron a salir, cayendo sobre sus manos. Suletta no quería que Miorine sufriera, pero no tenía derecho a decir nada. Ella solo era una extraña que la había rescatado sin saber por qué. Pero su pecho se apretaba de solo pensar que podría pasarle algo a la sirena.

N-No quiero que te pase nada malo — sollozó, cubriéndose la cara con las manos.

Estoy sola — respondió Miorine de repente, con una voz tan bajita que Suletta apenas alcanzó a escuchar.

Suletta levantó la mirada, sorprendida.

El mar es igual de silencioso que este lugar — continuó Miorine, y por primera vez desde que llegó, sus hombros se tensaron y su voz se quebró — Pero aquí, por lo menos, sé que estás del otro lado de la puerta. Escucho tus pasos cuando caminas, te oigo hablar sola mientras cocinas…

Las lágrimas de Suletta se secaron de golpe.

Los demás se fueron. Me dejaron atrás porque no querían seguir viviendo entre la basura. Dijeron que era mejor buscar otro lugar…

Miorine apretó los labios y desvió la mirada. El silencio se llenó solo del sonido de la lluvia.

Y ¿p-por qué no fuiste con ellos? — preguntó Suletta en un susurro — ¿Por qué te quedaste?.

Miorine dirigió lentamente su mirada hacia Suletta nuevamente. Sus ojos brillaban bajo la tenue luz del baño. Por fin, después de varios días, sus miradas se cruzaron y esta vez Miorine no apartó la vista.

Porque quería conocerte — dijo.

El corazón de Suletta dio un vuelco tan fuerte que creyó que se iba a desmayar.

La primera vez que te vi, estabas sola tratando de sacar un gran trozo de madera del mar — continuó Miorine, y esta vez su voz sonó más firme, como si estuviera soltando algo que había guardado por mucho tiempo — Jalabas la red con tanta determinación que tuve mucha curiosidad. Te caíste varias veces, pero no descansaste hasta que lo conseguiste.

Los labios de Miorine se curvaron por un segundo en lo que Suletta juró que había sido una sonrisa. Muy pequeña, pero la había visto.

Me parecía curioso que alguien se esforzara tanto en resolver algo que jamás tendría solución — dijo Miorine — Pero tú seguías llegando a la playa día tras día. No importaba la hora, no importaba el clima, siempre estabas ahí. Recogiendo basura que otros tiraban. Limpiando un hogar que ni siquiera era tuyo.

Suletta sintió cómo el nudo en su garganta se aflojaba y las lágrimas volvían a brotar, pero esta vez no eran de tristeza.

Pensé — continuó Miorine, y esta vez su voz tembló un poco — que si alguien como tú existía, tal vez… tal vez no todos los humanos eran iguales. Tal vez valía la pena quedarse.

Miorine… — Suletta apenas pudo pronunciar su nombre

Es increíblemente estúpido, lo sé — dijo Miorine — Arriesgar mi vida por una humana que apenas conocía. Pero cuando me lastimé el brazo y perdí el conocimiento, lo único que deseaba era que tú me encontraras.

Suletta dejó que las lágrimas por fin cayeran libremente, recorriendo sus mejillas.

E-Es que… no es justo — dijo con la voz rota — El mar es el hogar de Miorine, y… ahora que está sucio, no quieres volver ahí, pero es tan triste que estés en un lugar tan estrecho como este… Puedes enfermar, puedes…

Entonces alguien debería cargarme para conocer diferentes lugares de la casa — dijo Miorine, y esta vez su sonrisa fue más amplia, tan genuina que iluminó todo su rostro.

Suletta se quedó en blanco.

¿Q-Qué?.

Que me cargues — repitió Miorine, como si fuera lo más obvio del mundo — Si no puedo volver al mar todavía, al menos podrías mostrarme el resto de tu casa. He estado en esta bañera por días y empiezo a sentir que mi cuerpo se entume cada vez más.

P-Pero… ¿Saldrás así? Quiero decir… ¡N-No llevas nada puesto! — Suletta sintió cómo su rostro se encendía.

Miorine la miró con una mezcla de incredulidad y diversión.

Soy una sirena, Suletta. No puedo usar ropa en el agua.

C-Cierto — contestó pensativa — E-Espera — dijo, secándose las últimas lágrimas con el dorso de la mano — ¿En serio quieres que te saque de la tina?

Miorine arqueó una ceja.

¿Crees que me quedaría aquí si pudiera salir por mí misma? — respondió con un poco de sarcasmo, pero sin malicia — No tengo piernas, Suletta. Y aunque las tuviera, llevo días sin moverme. Mis músculos están débiles.

¡T-Tienes razón! Lo siento, no lo había pensado — Suletta se puso de pie tan rápido que casi resbala — Déjame… déjame buscar algo primero.

Salió del baño a toda prisa y cerró la puerta detrás de ella. Se apoyó contra la madera y llevó una mano a su pecho. Su corazón latía con fuerza. Una sirena preciosa estaba en su baño y quería que la cargara por toda la casa.

Pero después de unos segundos, soltó una risa nerviosa y fue a su habitación. Revolvió el armario hasta encontrar una blusa ligera y de color azul. Era amplia y fresca, perfecta para alguien que no estaba acostumbrada a usar ropa. También tomó una manta pequeña para cubrir la cola por si Miorine se sentía incómoda.

Volvió al baño aún con las manos temblando.

T-Tenía esto — dijo, mostrando la blusa — No sé si… si quieras usarla. EEs para que no tengas frío…

Miorine observó la prenda con curiosidad. Levantó una mano y tocó la tela con la punta de los dedos.

Ayúdame a ponérmela — pidió Miorine suavemente.

Suletta asintió y se acercó. Con mucho cuidado, deslizó la blusa sobre la cabeza de Miorine, procurando no jalar su largo cabello blanco. La tela cayó sobre sus hombros. La blusa le quedaba grande, y el escote dejaba ver sus clavículas, pero Miorine no parecía incomoda.

¿Cómo me veo? — preguntó levantando la mirada.

Suletta apartó la mirada. Demasiado bonita. Pensó.

T-Te queda… bien — logró decir, con la voz un poco más aguda de lo normal , y rápidamente cambió de tema— ¿Q-Quieres que te enseñe la casa?

Miorine asintió y extendió los brazos hacia ella, como una niña pidiendo que la carguen.

Suletta sintió que el corazón se le salía del pecho.

Se agachó la levantó con cuidado, sorprendida de nuevo por lo liviana que era. La cola era larga y brillante, cubierta de escamas que reflejaban la luz como pequeñas gemas.

La manta — dijo Miorine señalando la tela que Suletta había dejado en el borde de la tina — Para que no roce con nada.

¡Ah, claro! — Suletta la tomó y la colocó sobre la cola.

Así, con Miorine en brazos, salieron del baño.

La cocina era pequeña pero acogedora. Había plantas secas colgando cerca de la ventana. Sobre la mesa de madera había un jarrón con flores silvestres que Suletta había recogido días atrás.

Aquí es donde cocino — dijo Suletta, feliz de poder mostrar algo — No es muy grande, pero…

Huele bien — la interrumpió Miorine, cerrando los ojos.

Luego pasaron al comedor. Era solo una extensión de la cocina, con una mesa redonda y dos sillas.

Normalmente como sola aquí — dijo Suletta, y su voz se apagó un poco — Mi mamá casi nunca viene.

Yo también comía sola en el mar — respondió.

Suletta sintió un nudo en la garganta. Las dos estaban solas.

Bueno — dijo, forzando una sonrisa — Ahora ya no.

Miorine no respondió, pero sus brazos se apretaron un poco más alrededor del cuello de Suletta.

La sala era una habitación un poco más grande. Había un sofá viejo pero cómodo, una pequeña mesa de centro, y lo más importante: un televisor.

Esto es lo que más extrañaba ver. Pero al pensar que tú no podrías verlo prefería tenerla apagada — dijo Suletta, señalando el aparato — Pero luego pensé que tal vez no sabes lo que es…

He visto luces desde el mar — dijo Miorine, curiosa, mirando el aparato— A veces, de noche, se veían brillar a través de las ventanas de las casas cerca de la costa. Siempre me pregunté qué era.

Es… difícil de explicar — admitió Suletta — Mejor te lo muestro más tarde.

Finalmente, llegaron a la habitación de Suletta. Era un espacio pequeño, con una cama individual, sábanas de colores cálidos, y una ventana que daba al mar. Pero lo que más llamó la atención de Miorine fue la estantería.

Estaba llena de objetos. De decenas de pequeños tesoros que el mar había escupido en la orilla de la playa.

Esto es… — Miorine se quedó sin palabras.

Suletta la dejó con cuidado sobre la cama y se sentó a su lado, nerviosa.

Son las cosas que he encontrado mientras limpio la playa — explicó, jugando con sus dedos.

Miorine recorrió con la mirada cada objeto, y sus ojos se detuvieron en un pequeño colgante con forma de llave.

Ese — dijo, señalando — Tiene una bonita forma.

Suletta sonrió ampliamente.

¡E-Ese lo encontré el día que te conoci! Me costó mucho sacarlo, estaba atascado entre dos piedras. ¿Ves? — tomó el colgante y lo sostuvo frente a la luz. Miorine tomó el objeto entre sus manos y lo observó con detenimiento.

Tal vez algún día sepas de dónde vino — dijo, devolviéndoselo.

Tal vez — respondió Suletta, guardándolo con cuidado nuevamente.

Se quedaron ahí un momento, contemplando los pequeños tesoros. La tarde cayó rápido, y pronto ambas tuvieron hambre.

Suletta preparó la comida mientras Miorine observaba desde el sofá de la sala, envuelta en la manta. Era extraño ver a una sirena tan lejos del mar, recargada en un sillón como si hubiera estado ahí siempre.

Cuando la comida estuvo lista, Suletta llevó los platos hasta la mesita frente al sofá para que Miorine pudiera comer cómodamente. Y se sentó en el suelo, frente a ella, con las piernas cruzadas.

¿Vas a comer ahí? — preguntó Miorine.

S-Si, suelo es cómodo.

Ven aquí — Miorine se movió un poco en el sofá, dejando espacio a su lado

No muerdo.

Suletta tragó saliva y se levantó con torpeza. Se sentó al lado de Miorine, tan cerca que podía sentir el aura fresca que desprendía su cuerpo. Olía a sal y a brisa.

Comenzaron a comer en silencio. Pero este silencio no era incómodo como los anteriores.

Era un silencio agradable.

Y por primera vez, Miorine comió todo lo que había en su plato.

¿T-Te gustó? — preguntó Suletta, con los ojos brillando de felicidad.

Estaba… bueno — admitió Miorine, apartando la mirada. Suletta sonrió tanto que le dolieron las mejillas.

Después de comer, Suletta recogió la mesa y Miorine se quedó reclinada en el sofá. La noche llegó sin que ninguna de las dos se diera cuenta.

Otro documental había empezado, pero Suletta no estaba prestando atención. Su mente estaba en otra parte. En cómo se sentía el brazo de Miorine contra el suyo. En cómo su cola brillaba con la luz de la televisión.

Es tarde — dijo finalmente Miorine — Deberíamos descansar. Suletta asintió y se levantó del sofá con pereza.

T-Tienes razón. Te llevaré al baño. A la tina. Para que duermas bien. Se agachó para levantar a Miorine, pero la sirena puso una mano en su hombro, deteniéndola.

No quiero dormir ahí.— Dijo Miorine, y su voz era tan baja que Suletta apenas la escuchó

¿D-Dónde quieres dormir entonces? — preguntó Suletta, confundida.

Miorine la miró directamente a los ojos.

Quiero dormir contigo — dijo — En tu cama.

Suletta se quedó sin aire.

¿C-Cómo? — logró decir — Pero…la cama es pequeña y…

No me importa — la interrumpió Miorine — No quiero estar sola. Ya estuve sola demasiado tiempo.

Sus ojos brillaban con una luz que Suletta no había visto antes.

¿No te sientes sola también? — continuó Miorine.

Suletta sintió cómo su pecho se apretaba, asintió, sin confiar en su voz y levantó a Miorine con cuidado, sintiendo cómo los brazos de la sirena se enredaban en su cuello. Caminó hasta la habitación y la dejó sobre la cama.

Luego se metió debajo de las sábanas, estaba rígida como una tabla, mirando hacia el techo.

Estás tensa — dijo Miorine después de un rato.

N-No, para nada — mintió Suletta.

Miorine se giró hacia ella. Su cola se movió ligeramente, rozando las piernas de Suletta por debajo de las sábanas. La pelirroja contuvo la respiración.

No te voy a morder — dijo Miorine, y esta vez su voz sonaba divertida — Relájate.

E-Es que no estoy acostumbrada a… a dormir con alguien — admitió Suletta.

Yo tampoco — dijo Miorine en voz baja — En el mar nunca puedes relajarte del todo.

Suletta se giró lentamente hacia ella. En la oscuridad, los ojos grisaseos de Miorine brillaban como estrellas.

¿Y ahora? — preguntó Suletta — ¿Te sientes segura?.

Miorine tardó un momento en responder.

Creo que sí — dijo finalmente — Es extraño. No sé nada de ti, pero me siento más segura que en ningún otro lado.

El corazón de Suletta latía tan fuerte que estaba segura de que Miorine podía escucharlo. Sus rostros estaban muy cerca.

Eres cálida — dijo Miorine, e inclinó la cabeza ligeramente — Los humanos son cálidos. El mar es frío.

Suletta se tenso aún más — P-Puedes acercarte más… solo si quieres — murmuró sin saber bien lo que decía.

Miorine asintió y se acercó un poco más, hasta que sus frentes casi se tocaban.

Suletta levantó una mano temblorosa y rozó la mejilla de Miorine con la punta de los dedos. La piel de la sirena era suave, más fría que la suya, pero no le desagradaba.

¿E-Está bien…que te toque? — preguntó en voz baja, casi un susurro.

Miorine cerró los ojos.

Sí — respondió — Está bien.

Suletta acercó su mano a la nuca de Miorine y acarició suavemente su cabello blanco, que se deslizaba entre sus dedos como la seda. La sirena dejó escapar un pequeño suspiro y se acurrucó contra su pecho.

Suletta sintió cómo el pecho se le llenaba de algo que no sabía nombrar.

El silencio se llenó de las respiraciones de ambas. Fuera de casa el viento seguía soplando. Dentro, las dos chicas se abrazaban en la oscuridad. Ya no se sentían solas.

Suletta — susurró Miorine después de un largo rato.

D-Dime — respondió ella, ya casi dormida.

Gracias. Por no haberme dejado en esa playa. Suletta sonrió contra el cabello blanco de Miorine.

Gracias a ti…por aparecer. Pasaron la noche ahí, en una cama demasiado pequeña para las dos, con una cola de sirena enredada entre las piernas de la humana. Ambas se durmieron abrazadas.

Los días siguientes fueron los más felices que Suletta había tenido en años.

Cada mañana, despertaba con el peso cálido de Miorine contra su pecho, con su cabello blanco extendido sobre la almohada, con su cola brillante enredada entre sus piernas. Y cada mañana, Suletta contenía la respiración durante unos segundos, preguntándose si todo era real.

Pero Suletta notó algo una mañana. La piel de Miorine estaba más seca de lo normal. Sus labios se veían ligeramente agrietados. Y cuando pasó sus dedos por la cola de la sirena, sintió que las escamas no tenían el mismo brillo que antes.

No dijo nada. Pero el miedo comenzó a instalarse en su pecho.

Pasaron los días, y Suletta intentó compensar la falta del mar de todas las formas posibles.

Llenaba la tina con agua fresca para que Miorine pudiera sumergirse por un rato. Le rociaba la piel con un atomizador varias veces al día.

Miorine sonreía y le decía que no se preocupara, que estaba bien.

Pero Suletta veía cómo su cola perdía color, cómo sus escamas se volvían opacas. Y cada noche, cuando se acurrucaban en la cama, la sirena se veía más débil.

¿E-Estás segura de que estás bien? — preguntó Suletta una noche, acariciando suavemente el cabello de Miorine.

Estoy bien — respondió Miorine, pero su voz sonaba apagada.

Suletta quiso creerle. Pero sabía que no era así.

Una semana después, la realidad se hizo imposible de ignorar.

Suletta preparaba el desayuno cuando escuchó un golpeen la sala. Corrió y encontró a Miorine en el suelo, fuera del sofá, con los brazos temblorosos tratando de levantarse.

¡Miorine! — Suletta se arrodilló rápidamente a su lado, sosteniéndola — ¿Qué pasó? ¿E-Estás bien?.

Intenté… moverme — jadeó Miorine, y su piel estaba pálida — Pero mis brazos… no me respondieron. Suletta la levantó con dificultad y la recostó en el sofá con mucho cuidado.

E-Estás muy ¿caliente? — dijo alarmada — No, espera… ¿fría? No entiendo…

Mi cuerpo — Miorine cerró los ojos, agotada — Necesita volver al mar, Suletta. Necesita el agua salada. La presión. Las corrientes. Esto… — señaló débilmente hacia el baño y todas las cosas que Suletta había preparado — Esto no es suficiente. Me estoy secando, Suletta. Si no vuelvo pronto al mar…

No terminó la frase. Suletta sintió cómo el mundo se derrumbaba a su alrededor.

No — susurró, negando con la cabeza — No, no, no. Aún no. Tu brazo… aún no está recuperado por completo, y estás débil… y…

Suletta — Miorine alzó una mano y tocó su mejilla con suavidad — Tengo que irme.

¡No quiero! — Suletta soltó un sollozo, y las lágrimas comenzaron a caer — ¡No quiero que te vayas! ¡Apenas te encontré! ¡Apenas… apenas empecé a…a sentir que no estaba sola — dijo, y su voz se rompió.

Yo tampoco quiero irme — respondió — Pero si me quedo, voy a morir. Y entonces no podré volver a verte nunca.

Suletta no supo que más decir, solo comenzó a derramar lágrimas en silencio. Esa noche no durmieron.

Se quedaron en el sofá, abrazadas, viendo el cielo a través de la ventana. Miorine estaba más débil, pero sus brazos seguían aferrados a Suletta como si fuera su única ancla.

¿Cuándo quieres volver al mar? — preguntó Suletta al fin, con la voz ronca.

Mañana — respondió Miorine — Al amanecer. Cuando el mar y las olas estén tranquilos.

Suletta asintió, aunque por dentro sentía que algo se rompía en pedazos.

Te llevaré — dijo.

Miorine levantó la cabeza y la miró.

Prométeme algo — dijo Miorine.

Lo que sea.

No dejes de ir a la playa. Suletta parpadeó, confundida.

Mi hogar es el mar — continuó Miorine, y su voz tembló — Pero tú eres la única razón por la que quiero volver a la orilla. Si dejas de venir… si un día dejas de aparecer… no sabré qué hacer.

Suletta apretó los brazos alrededor de Miorine, pero cuidando de no lastimarla.

V-Voy todos los días — susurró contra su cabello — He ido todos los días desde que tengo memoria. No pienso dejar de ir, y mucho menos ahora.

¿Lo prometes? — insistió Miorine, separándose un poco solo para mirarla a los ojos.

Lo prometo — dijo Suletta, y su voz sonó firme — I-Iré todos los días, Miorine. ¡Todos los días estaré ahí!.

Miorine sonrió, y fue la sonrisa más hermosa y más triste que Suletta había visto.

Entonces yo también prometo volver a la orilla cada vez que pueda. Para verte. — dijo.

¿C-Cada vez que puedas? — Suletta frunció el ceño — ¿Qué significa eso?.

La sonrisa de Miorine se desvaneció.

No sé si podré salir del agua tan seguido — admitió — Salir a la superficie por tanto tiempo es arriesgado.

E-Entonces yo iré a ti — dijo Suletta sin dudar — Buscaré un bote…n-nadaré hasta donde estés, si es necesario.

¿Sabes nadar? — preguntó Miorine, arqueando una ceja.

N-no mucho — admitió Suletta — ¡Pero aprenderé!. Miorine soltó una risa débil, y esa risa fue como un remedio para el corazón roto de Suletta.

Eres una necia — dijo Miorine.

L-Lo sé — respondió Suletta, y también rió.

Al día siguiente, El amanecer llegó demasiado rápido.

El cielo se pintó de naranjas y rosas, y el mar estaba en calma. Suletta cargó a Miorine en brazos, con la blusa puesta y la manta cubriendo su cola, y caminó hasta la playa con pasos lentos, cuidado que nadie más las viera.

Al llegar, la arena se sentía fría bajo sus pies descalzos. El sonido de las olas, que antes era su favorito, ahora sonaba como una despedida.

Ahí — dijo Miorine, señalando un punto cerca de las rocas donde Suletta la había encontrado — Déjame ahí.

Suletta caminó un poco más y la bajó con cuidado hasta la arena húmeda, quitándole la manta de la cola.

La cola de Miorine tocó el agua y sus escamas brillaron de inmediato.

¿D-Duele? — preguntó Suletta, viendo cómo Miorine cerraba los ojos con alivio.

No — respondió Miorine — Al contrario. Se siente… como volver a casa.

Suletta se arrodilló frente a ella, con el agua mojándole las rodillas. No sabía qué decir. No había palabras para lo que sentía.

No quiero que te vayas — dijo por quinta vez esa mañana, su voz apenas un susurro.

Lo sé — Miorine alzó una mano y acarició su mejilla — Yo tampoco quiero irme.

Entonces…

Pero tengo que hacerlo — la interrumpió — Si quiero volver a verte, tengo que irme ahora.

Las lágrimas de Suletta volvieron a brotar y cayeron sobre la mano de Miorine.

¿Y si no v-vuelves? — preguntó con miedo — ¿Y si te pasa algo en el mar? ¿Y si no puedo encontrarte?.

Yo puedo cuidarme sola — dijo Miorine, pero su voz era suave — He vivido en el mar toda mi vida. Aunque ahora…

Suletta la miró a los ojos.

¿Ahora qué?.

Miorine se incorporó ligeramente, apoyándose en sus brazos. Sus rostro estaba a centímetros de distancia del de Suletta.

Ahora tengo algo por lo que vale la pena volver a la superficie — susurró.

Y entonces, antes de que Suletta pudiera decir algo, Miorine cerró la distancia. Y la besó.

El beso fue suave y tímido al principio. Los labios de Miorine estaban fríos y salados, como el mar mismo, y Suletta sintió que el tiempo se detenía por completo. No sabía besar, nunca había besado a nadie, pero sus labios respondieron solos, como si hubieran estado esperando este momento toda su vida.

Miorine enredó sus dedos en el cabello rojo de Suletta, profundizando un poco más el beso, y de repente ya no había tristeza, ni miedo. Solo el sabor salado y dulce mezclándose.

Cuando se separaron, ambas estaban temblando. Suletta llevó una mano a sus labios, todavía sintiendo la calidez de los labios de Miorine.

¿E-Eso fue…? — comenzó a decir, pero la voz le falló.

Mi promesa — dijo Miorine, con las mejillas sonrojadas por primera vez desde que se conocieron — La primera de muchas.

Suletta no pudo hablar. Solo asintió, nuevamente con lágrimas de felicidad y tristeza asomándose en sus ojos.

Miorine comenzó a deslizarse hacia el agua. La blusa que Suletta le había regalado quedó flotando un momento en la superficie, y Suletta la recogió rápidamente antes de que el mar se la llevara.

¡Miorine! — gritó, antes de que la sirena se hundiera por completo en el agua.

Miorine se giró. Su cabello blanco flotaba a su alrededor, y sus ojos grises brillaban con la luz del sol que apenas salía.

¡Ven todos los días, Suletta! — gritó a su vez — ¡No lo olvides!.

¡N-No lo haré! — Suletta apretó la blusa contra su pecho — ¡Te prometo que limpiaré la playa cada día! ¡Te prometo que cuidaré de tu hogar! ¡Y también.. quería decirte que…

Su voz se quebró.

¡Te quiero! — gritó Suletta, y las palabras salieron solas, sin pensar — ¡No sé desde cuándo, pero te quiero, Miorine!

El rostro de Miorine se iluminó con una sonrisa tan brillante como el sol.

¡Yo también! — gritó — ¡Te quiero Suletta! — y luego se sumergió por completo.

La superficie del mar se cerró sobre ella, y por un momento no hubo nada más que el sonido de las olas.

Suletta se quedó arrodillada en la orilla, empapada, temblando, con la blusa de Miorine entre sus manos y el sabor de su beso aún en los labios.

Entonces Suletta comenzó a llorar.

Lloró porque su sirena se había ido, lloró por todo lo que había comenzado a sentir, y lloró porque por primera vez tenía a alguien que sería su razón para levantarse cada mañana.

Cuando el sol estuvo completamente arriba y el mar recuperó su color, Suletta se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

Se puso de pie.

Voy a venir todos los días. — Dijó con determinación, mirando el horizonte.

Y mientras caminaba de regreso a casa, sintió que algo en su pecho se había transformado. Ya no era el vacío de la soledad. Era una promesa. Era la certeza de que, aunque estuviera lejos, Miorine estaba ahí. En el mar. En cada ola. En cada tesoro que encontraría en la arena.

Y pronto volvería a verla. Hasta entonces, solo tenía que seguir limpiando la playa. Solo tenía que seguir esperando.

Fin.

El nuevo hogar de la sirena
Autor
KamiYuri
Publicado el
2026-05-07
Licencia
CC BY-NC-SA 4.0