Introducción
Una aventurera y una dama de blanco se encuentran después de años de soledad, formando un vínculo profundo entre ambas, como si el destino las hubiera unido desde el principio de los tiempos. Inspirado en el universo de Signalis desde una perspectiva de fantasía medieval.
Escrito por AngelLeyend.
Portada por Ferys.
Basado en el universo de Signalis creado por rose-engine.
Para una experiencia más inmersiva, se recomienda escuchar el siguiente álbum mientras se lee el fanfic:
Acto 1: Encuentro
En la lejana tierra de Eusan, una mujer valiente y aventurera llamada Elster realizaba su rutina diaria: aceptar encargos y explorar mazmorras para conseguir oro con el que ganarse el pan. Al no tener un hogar fijo, tenía un estilo de vida nómada durmiendo tanto en las posadas más cálidas como en las cuevas más templadas. En una de sus expediciones, decidió desviarse por un sendero desconocido y flanqueado por árboles, con la esperanza de hallar alguna “mina de oro” aún sin explorar.
Equipada con su nueva espada que forjó hace semanas, y protegiéndose con viejas piezas de armadura que obtuvo a lo largo de los años, caminó y caminó por el frondoso sendero durante todo el día hasta que, al caer el anochecer, encontró un pequeño lago que reflejaba la pálida luz de la luna.
En la otra orilla del lago se veía una silueta blanca envuelta en un aura espectral. Elster entrecerró los ojos, tratando de distinguir qué era aquella figura que se veía a lo lejos. No cabía duda: era una mujer de piel, cabello y vestido blancos. Sin embargo, no alcanzó a ver su rostro; en cuanto intentó acercarse, la aparición se desvaneció en un parpadeo.
Su curiosidad no se detuvo allí. Decidida, Elster se propuso regresar al día siguiente a la misma hora, pero esta vez rodeando el lago por el extremo opuesto para intentar ver a la misteriosa mujer de cerca.
A la noche siguiente, Elster se encontraba rodeando el lago. La luna seguía volcando su luz sobre la escena hasta que, por fin, la divisó. Escondida entre los árboles, observó a la mujer que contemplaba su propio reflejo mientras bañaba sus pies en el agua.
Decidida, Elster salió de la espesura para intentar entablar conversación con la dama del lago. Al notar el sonido de los pasos metálicos, la mujer volteó hacia la intrigada aventurera que se aproximaba lentamente.
Elster por fin pudo ver su rostro, quedó atónita al ver a una mujer tan hermosa: los rasgos tan finos y delicados de su cara constataban con la palidez extrema de su piel y cabello. Sus ojos eran lo más impresionante; poseían un iris rojizo que parecía sangrar por dentro, destacando de forma hipnótica sobre sus demás atributos físicos.
Elster no sabía cómo dirigir su primera palabra a la mujer; seguía deslumbrada por su belleza y su aura tan angelical, que dudaba si lo que veía pertenecía realmente a este mundo.
Disculpe la intrusión —titubeó Elster mientras intentaba contener su mirada nerviosa, dando un paso al frente—. Quería averiguar de dónde venía la silueta blanca que deslumbró a lo lejos.
La mujer se quedó en silencio, observando a una Elster que seguía cautivada por su presencia. La dama de blanco se levantó del agua, se puso en pie sobre sus pies desnudos y sostuvo la mirada de la aventurera por un momento.
Una exploradora… Esto no lo veo todos los días —dijo la dama de blanco, después de examinar a Elster con su mirada carmesí.
¿Qué hace una dama como usted en un lugar inhóspito como este? —preguntó Elster, tratando de averiguar con quién o qué estaba hablando realmente.
¿Yo? Solo soy una mujer que quiso vivir libremente; aquí no hay nadie que me moleste o me presione —respondió la dama de blanco, mientras dirigía su mirada hacia el cielo estrellado—. Aunque parece que los astros me enviaron algo de compañía. ¿Cuál es tu nombre, aventurera?
Mi nombre es Elster. Exploro todo tipo de lugares para descubrir tesoros y ganarme la vida. Esta vez quise descubrir nuevos horizontes y así es como llegué aquí —respondió la aventurera, pensando para sus adentros que aquel encuentro parecía ser obra del destino.
La dama acercó su rostro al de Elster, examinándola para apreciarla mejor.
Por lo que veo en tus ojos, se nota que has explorado muchísimos lugares; debes haber vivido todo tipo de experiencias —respondió la dama de blanco.
Elster trataba de contener su nerviosismo ante la presencia de la mujer, al ver que esta mostraba un interés genuino en ella y en sus aventuras.
¡Así es! —contestó Elster con un tono de voz más firme, sabiendo que aquella era una oportunidad única para conversar con alguien tan peculiar.
La dama de blanco mostró una ligera sonrisa ante la respuesta de nuestra aventurera.
Siéntate conmigo aquí, a la orilla del lago. Me gustaría escuchar tus maravillosas historias mientras vemos las estrellas… ¡Tenía muchas ganas de recibir compañía!
Así, las dos mujeres empezaron a acomodarse en el pasto. La dama no tuvo problemas en sentarse con elegancia, mientras que Elster tuvo que ajustar su armadura y descender con más lentitud para hallar una posición cómoda.
Por cierto, puedes llamarme Ariane —dijo la dama de blanco, revelando por fin su nombre mientras terminaban de acomodarse para una larga conversación a la luz de la luna.
Ariane… que nombre tan hermoso, pensó Elster. Ese nombre resonó como un eco en su mente, como si lo hubiese escuchado en una vida pasada.
Acto 2: Conexión
Las 2 mujeres se sentaron a conversar de manera profunda al pasar la noche. Elster contaba sus anécdotas con entusiasmo, como la vez que tuvo que reparar una pieza de su armadura en una cueva usando solo cuero y martillando con una piedra; su experiencia en viajes y enfrentamientos le había enseñado a sobrevivir y reparar objetos de las formas más ingeniosas posibles.
Los ojos rojizos de Ariane no podían apartar la mirada de Elster. Parecía fascinada por el ímpetu de la aventurera; por fin encontraba una compañera con quien congeniar después de épocas de soledad.
Y dime tú… ¿Qué hace una dama como tú en este bosque tan sola? —preguntó Elster con curiosidad—. ¿Te refugias en algún lugar cercano?
Ariane se emocionó por dentro al notar el interés de Elster, decidida a llevarla a su oasis personal.
¡Ven, sígueme a la colina! —exclamó Ariane, levantándose con ligereza para guiar a su nueva compañera.
Elster intentó levantarse rápido también, pero el peso de su armadura hizo que se tambaleara torpemente sobre el pasto. Ariane extendió su mano para ayudarla; Elster, sin dudarlo, la tomó para dejarse guiar a través del bosque hacia su guarida.
Aun con los guantes puestos, Elster pudo sentir el calor de la mano de Ariane. Mientras caminaban entre los árboles, su corazón no dejaba de palpitar intensamente. Ariane había despertado en ella un vibrante sentimiento de calidez y cercanía; por primera vez en mucho tiempo, se sentía verdaderamente feliz al lado de alguien.
Tras la caminata, llegaron al hogar de Ariane: una pequeña cabaña de madera de la cual emanaba un ligero destello de luz. Ariane abrió la puerta y pasó primero. Elster entró tras ella y observó el interior, iluminado apenas por la parpadeante llama de una vela. Entre las sombras, alcanzó a distinguir una mesa con una pila de libros y una manta de piel sobre el suelo; supuso que aquel era el rincón donde Ariane descansaba por las noches.
¿Sobrevives solo con esto? —preguntó Elster, preocupada por la situación tan precaria en la que vivía su compañera.
No necesito nada más. Solo aquí puedo ser libre; en ningún otro lugar —respondió Ariane con sencillez.
¿Siempre has vivido sola aquí? —volvió a preguntar Elster.
De pequeña vivía en la capital de Rotfront con mi madre —exclamó Ariane con un tono de voz más melancólico —. Nunca pude encajar en la sociedad de esa ciudad; la gente me rechazaba constantemente y la represión del Rey era agobiante.
He escuchado lo severos que pueden ser en Rotfront —respondió Elster con preocupación—. No imaginaba que fuera tan opresivo para ti.
Por eso hui. Y aunque ahora soy libre… también me he sentido muy sola —dijo Ariane, comenzando a sollozar.
Elster, al ver que Ariane estaba a punto de romper en llanto, la tomó por los hombros y la estrechó en un reconfortante abrazo. En ese instante, tomó una decisión: no la dejaría sola. Sin tener otro lugar al que llamar hogar, se quedaría con la única persona que la hacía sentir viva.
Ahora me tienes a mí —le dijo Elster a su compañera. Ambas habían formado una conexión instantánea, como si aquel encuentro estuviera destinado a ocurrir desde el principio de los tiempos.
Gracias —susurró Ariane, devolviéndole el abrazo. A su lado se sentía segura y feliz; por fin tenía a alguien con quien compartir sus noches de soledad.
Los días pasaron y Elster regresaba de sus expediciones a su nuevo hogar cargada con comida, leña y nuevos libros para Ariane, quien le mostró su pasión por la lectura y las artes. Con cada amanecer, su vínculo se hacía más estrecho, hasta que el cariño se transformó en algo mucho más intenso: ambas estaban profundamente enamoradas.
Acto 3: Promesa
Meses después, ambas se encontraban en el mismo lago donde se conocieron, observando las estrellas bajo la luz de la luna que emanaba el mismo brillo plateado que aquel primer día.
¿La luna se ve hermosa hoy, no lo crees? —exclamó Ariane.
Igual que aquella noche en la que te vi por primera vez.
Así es. Aún recuerdo cómo te escondías entre los árboles y casi te tropezabas —dijo Ariane entre risas.
Estaba nerviosa, no sabía qué eras realmente —respondió Elster, algo avergonzada.
No es como si fuera un fantasma o algo parecido.
Desde lejos, ciertamente lo parecías.
Siguieron conversando hasta que Ariane decidió levantarse y hacerle una propuesta atrevida a Elster. Tocó el agua con la punta de sus pies para verificar la temperatura del agua.
El agua se siente cálida. Ven, Elster… vamos a darnos un baño.—exclamó Ariane con entusiasmo
Elster quedó atónita ante la propuesta. Levantó la mirada justo a tiempo para ver a Ariane deshaciéndose de su vestido, revelando su cuerpo bajo el plateado brillo de la luna.
El corazón de Elster no paraba de palpitar al ver la fina silueta de su compañera sumergiéndose en el lago, como si de una deidad se tratase.
¡Vamos! ¿Qué esperas? —gritó Ariane, animando a su compañera a unírsele mientras el brillo lunar resaltaba aún más su figura sobre el agua.
Elster entró en un trance donde, por puro instinto, empezó a remover las piezas de su armadura. Cada parte caía pesadamente sobre el pasto mientras Elster mostraba su verdadero ser ante Ariane. A diferencia de esta última, su cuerpo era más robusto y estaba marcado por aquellas cicatrices de batallas pasadas.
Al final, Elster quedó sintiéndose extrañamente ligera y vulnerable ante la mirada de Ariane. Se acercó a la orilla y entró en el agua. El cálido lago la envolvió, calmando los latidos acelerados de su corazón.
Ariane volvió a ver a Elster entrar al lago con ella, se quedó impresionada al ver sus marcas de batalla y la figura imponente que se acercaba lentamente hacia ella.
Ambas mujeres solo podían verse la una a la otra sin máscaras, sin filtros y sin armaduras, mostrando únicamente su verdadero yo. No podían ocultarlo más: ambas estaban profundamente enamoradas. Sus cuerpos se entrelazaron en el abrazo más sincero que jamás habían compartido.
Las palabras no fueron necesarias en aquel encuentro; ambas habían sobrevivido juntas, construyendo su propio hogar donde solo ellas importaban. Ariane rodeó la cintura de Elster, y esta respondió pasando sus brazos sobre los hombros de la dama de blanco. Bajo la pálida luz de la luna, ambas sellaron su amor con un profundo beso.
Fue un beso lento, dulce y cargado de una promesa silenciosa. En ese instante, el mundo exterior desapareció. No había reinos opresores, ni pasado, ni futuro. Solo existían ellas dos, unidas en el centro de un lago plateado, dos almas que por fin se habían encontrado en la inmensidad del destino. Cuando se separaron, sus frentes quedaron apoyadas la una contra la otra, compartiendo el mismo aire, sabiendo que, pasara lo que pasara, ya no volverían a estar solas.
Te amo, Ariane.
Te amo, Elster.
Después de aquel momento, su vínculo se fortaleció aún más, sellado bajo la promesa de estar siempre juntas. El sueño de las dos amantes se había cumplido, quedando resguardado para siempre bajo el reflejo del extenso lago.